Alvaro
Vargas Llosa
7días
Mi encuentro con Raphael (¿sabe
alguien que se apellida Martos Sánchez?) es en su
casa de Key Biscayne, una fina mansión cuya piscina
confunde su perspectiva con el mar, donde el cantante se
aísla cada vez que puede para ver películas
y estar con su familia. Yo conocía mejor a Natalia
Figueroa, su esposa, antigua compañera mía
del diario español ABC, que a él, de quien
oí hablar por primera vez, como toda mi generación,
cuando era un niño de pantalón corto. Es -como
todas las que funcionan- la pareja más extraña
del mundo. Ella, noble, él cantante; ella, centrada,
él más loco que nunca; él, trotamundos
empedernido, ella amante de la quietud, apenas rota para
sus reportajes, pasión de su vida. Key Biscayne es
una buena transacción: aquí nadie es marqués,
porque nadie es nada.
Raphael
es historia viva: historia de la canción en español, historia
de la España que simbolizó durante décadas, historia de
la América que conquistó antes que Julio Iglesias. Palabras
que suenan graves relacionadas con alguien tan lúdico, tan
poco solemne, tan gestual, tan histriónico, tan adolescente.
Sí, como todos los famosos, es vanidoso. ¿Puede negarse
algo de vanidad en quien no conoce otra relación con el
medio ambiente que el halago continuo de que es objeto?
En todo caso, la suya es una vanidad que enternece, que
humaniza, que reduce a dimensiones de maqueta al ídolo de
la vida exterior. Es también la vanidad del hombre consciente
del paso de los años -han pasado 57 desde que vino al mundo
en Linares, Jaén-, con su continuo torrente de nuevas e
insolentes figuras -los Alejandro Sanz, los Luis Miguel.
Esa
extraña argamasa que todavía unen a España y América está
hecha de gentes como Raphael, que es un español de América
desde siempre. De estos temas transatlánticos también se
habla aquí, como se habla de política, a la que nadie que
tenga poder -y el canto es una forma grande de poder- es
ajeno, aunque lo quiera.
En
la intimidad
- AVLL:
¿Te refugias aquí en Key Biscayne, con frecuencia?
- R:
Estos retiros míos son poco usuales. Voy a estar
un mes sin cantar; no me voy a acordar cuando vuelva. Pues
yo creo que hacía como quince años que no
conocía de un mes seguido. Además, la imagen
que estoy dando ahora mismo, menos mal que nadie me ve,
es un poquito insólita, porque me baño en
el mar, cosa que nunca hago porque siempre estoy en avión,
en hoteles. Monto en barca tomo el sol, me estoy poniendo
hasta moreno, cosa también inusual en mí:
cuando me agarren ahora mis fotógrafos al llegar
a Madrid no me van a conocer, porque yo siempre soy muy
blanquito. Estoy haciendo una vida de descanso: leer mucho,
hablar muy poco y descansar mi voz para el día que
reanudo mi actividad normal.
- ¿Usas
Miami como puente entre Europa y América Latina?
- Temporadas,
temporadas, paso pocas, pero sí paso por aquí
a menudo. Si estoy en Nueva York o en Los Angeles, siempre
paso por acá. Si voy a México, paso por aquí;
si voy a Venezuela, paso por aquí. En realidad yo
tengo la ropa mía aquí y en Madrid; eso me
viene muy bien porque viajo sin maletas, llego aquí,
cargo las cosas, y ¡ala!... Y mi secretaria vive aquí,
y todos partimos desde acá cuando estamos en América,
¿no? Y cuando estamos en Europa, o en Rusia, pues
de España.
- ¿Cómo
es la vida de Raphael en la intimidad? En este mes de reclusión
monacal, me dicen que ni siquiera sales, salvo a cenar una
vez. ¿Cómo existes entre cuatro paredes, sin
público?
- Yo
creo que desde que estoy aquí he salido dos veces
y estamos pensando si saldremos la tercera. No, lo que pasa
es que no hago nada aparte de leer, ver mucha televisión,
películas enteras donde no hay publicidad, oír
mucha música, bañarme en el mar.
- ¿Qué
películas ves, qué libros lees, qué
revistas lees?
- Pues
mira, en televisión, como yo duermo muy mal, fatal,
pues yo me veo todos los días dos o tres películas
más la película de video. Me he puesto al
día porque he visto hasta El Zorro, fíjate.
- ¿Qué
te pareció la actuación de Antonio Banderas?
- Antonio
está muy bien, está fenomenal.
- ¿Has
visto la de Spielberg, Saving Private Ryan (Salvar al soldado Ryan)?
- Sí,
lo que pasa que es un poquito fuerte, pero es muy buena
película, buenísima, como todo lo de Spielberg.
Y volviendo a Antonio, a mí me cae muy bien porque
aparte de que somos andaluces los dos me encanta verlo y
lo bien que va en Hollywood.
El
día que rodé por el suelo
- Tu
última gira fue un poco aparatosa, porque tuviste
un pequeño gran accidente en Venezuela. ¿Qué
pasó exactamente? ¿Cómo es posible
que se cayera en el escenario un hombre con tantas tablas?
- Es
que no fue en el escenario, fue en una escalera fuera del
escenario, o sea, una escalera que bajaba del escenario
al público. Estaba todo el teatro encendido, había
mucho entusiasmo de la gente y entonces yo bajé;
y cuando yo bajé y estaba recibiendo la ovación
del público, apagaron toda la sala. Ya no vi la escalera,
cuando quise retroceder no la vi; fue una caída tonta,
una caída de idiota, que suelen ser las peores. Muchas
veces te caes, pones la mano, te sujetas, y ya está.
Y yo la puse y me rompí la muñeca. Me operaron,
y muy bien en Colombia, en Cali, y no es que lo diga yo,
lo han dicho todos los médicos que después
me han visto, tanto en España como en Estados Unidos.
-¿ Te
pusieron clavos?
- Sí,
unos seis clavos que sujetaban todo el hueso. Me los quitaron
y la verdad he de decir que no me ha dolido mucho. Claro,
dolió recién operado, pero después
no me ha dolido, no me he roto ningún tendón,
por suerte. Lo que he estado es muy molesto cantando, nueve
semanas, con todo eso puesto, sin poder manejar mi mano
derecha. Me he dado cuenta de que en realidad todo lo hacemos
con la mano derecha, la izquierda sirve para poco, no sé
por qué, pero fíjate que todo en la vida no
es negro ni blanco, es gris. Esto me ha servido para darme
cuenta de lo que la gente me quiere. Han estado soportando
durante 9 semanas a un señor que no podía
mover una mano, les daba igual, yo creo, que he tenido más
éxito que en toda mi vida, porque la gente salía
diciendo: "Y eso que está el pobre con una mano".
- Eso
es jugar con ventaja...
- Sí,
pero ya me han quitado las ventajas: me han quitado los
clavos, ya puedo mover mis manos, ya otra vez a dar el callo...
- A
ti te suelen pasar cosas muy aparatosas siempre. Me contabas,
incluso, antes de comenzar que te electrocutaste una vez.
Nunca te pasan las cosas en pequeño...
- Es
que para mí todo es a lo bestia. Yo normalmente no
me pongo enfermo nunca, ni agarro resfriados, ni estoy afónico
nunca. Nunca estoy malo, siempre estoy en perfectas condiciones
de dar mis conciertos todos los días, que son bastantes
pesados, porque duran tres horas; y más como yo canto,
que es bastante fuerte. Pero cuando me pasa algo, me pasa
ya para 20 años. Yo me electrocuté en Barcelona,
me dieron cinco cólicos nefríticos, de los
cuales no quiero ni acordarme, cuando yo era muy jovencillo.
Una vez en el escenario, yo creí que me estaba dando
un infarto y lo que me estaba era quedando totalmente sin
potasio. Cuando me llevaron a la clínica, a Urgencias,
esa noche, el médico me dijo: "Dos horas más,
e ingresas cadáver". Desde entonces, mi pastilla
de potasio todas las mañanas. Porque, claro, yo sudo
mucho, cosa de la que después me he enterado, y elimino
todo el potasio.
- ¿Era
por la tensión nerviosa?
- No,
por el transpirar todos los días en el escenario,
que es muy fuerte. Esa vez hubo que suspender 3 días
porque tenía que recuperar el potasio perdido. Pues
eso lo tenían que poner por sueros, porque por pastillas
tardas 3 meses en recuperarlo. Por eso te estoy diciendo
que todo lo que me pasa siempre es a la tremenda.
- El
día que te dé una gripe, será terminal...
- El
día que me dé una gripe, directamente me llevan
ya al cementerio.
- ¿Eres
capaz, Raphael, de ponerte serio?
- Yo
soy un hombre muy serio, lo que pasa es que has empezado
a hablarme de esos traspiés que me dan y es que tienen
su gracia. Yo, por lo pronto, en el libro que acabo de publicar,
los trato con mucho optimismo, porque no me voy a poner
triste encima; es que me pasan unas cosas muy raras.
El
memorioso
- Acabas
de publicar tu libro de memorias. Cuando uno se pone a escribir
sus memorias, pasan cosas muy importantes. Supongo que el
libro que terminaste escribiendo no es totalmente el que
empezaste a escribir, el que tenías planeado, ¿no?
- No,
es mucho más corto y ha salido con 500 o 600 páginas,
pero originalmente debería tener mil. Llegó
el momento en que no podía ser; entonces empecé,
como se dice en el argot literario, a peinar el libro, y
a peinarlo lo más posible y, bueno, se quedó
como en unas 600 páginas.
- ¿Por
qué escribiste Y mañana qué?
- Porque
lo que hay allí el público no lo ha leído
nunca. Ten en cuenta que a mí las entrevistas que
se me hacen, sobre todo las escritas, normalmente son inventadas.
A mí me agrada mucho hacer cosas para la radio y
me gusta muchísimo hacer cosas para la televisión,
en directo, donde no pueden montar nada, ni cambiar tu manera
de hablar.
- ¿Te
han hecho mucha trampa?
- Muchísima,
pero eso no me enfada. Muchas veces, si yo llego a un país
y hay 50 periodistas con su entrevista preparada, yo no
puedo atender a todo el mundo. Es una cuestión de
tiempo. Entonces diez se atienden, y los otros 50 se la
inventan. Lo entiendo.
- ¿Qué
haces frente a eso, no te enfadas?
- No,
no me he enfadado porque comprendo que ellos tienen que
hacer su trabajo; lo que sí espero, es que nunca
se inventen demasiadas cosas. Yo no las leo, para no llevarme
berrinches. Yo lo noto enseguida; entonces, si no estoy
hablando yo, no lo leo.
- La
experiencia de rememorar tu vida para el libro, ¿fue
difícil, traumática, divertida, fue un juego?
- No,
un juego no. Traumática, tampoco, Ha sido muy divertido,
muy emocionante para mí. ¿Cómo llegué
a eso? De tanto inventarse sobre mí, dije: "Señores,
voy a contar yo mi historia, porque cada uno cuenta la suya,
y no es posible: mi niñez la he vivido yo y no la
han vivido ellos, mi juventud la he vivido yo, mis amores,
mis desamores, mis idas y venidas, todas esas cosas las
he vivido yo y ellos no saben nada de esto.
Natalia,
en cámara lenta
- ¿Cómo
conociste a Natalia Figueroa?
- Yo
la conocí en un teatro en Madrid. Me entregaban un
premio y ella fue a entregar a otras personas otros premios
y a mí me lo entregaba la presentadora oficial. Ahí
nos conocimos.
- ¿Fue
amor a primera vista?
- No,
no, hombre. Me gustó muchísimo. Fuimos a comer
juntos con varios amigos, pero no, fue otra cuestión
más especial.
- Se
fue desarrollando con el tiempo. ¿Te hizo caso al
principio?
- No
mucho, tampoco yo esperaba que me hiciera mucho caso, tampoco
yo iba de una manera...
- Tampoco
rogabas...
- No,
es que yo no pensaba en eso: ten en cuenta que yo era demasiado
jovencillo, yo era un pipiolo, un meme. Empecé a
escribirle desde todos los países donde yo estaba,
y lo primero que le decía era: "No me contestes,
porque no lo recibo, cuando te llegue esto, ya yo no estoy
ahí, ya estoy vaya usted a saber dónde".
Y siempre que iba a Madrid, nos veíamos, pero fue
una cosa que fue aumentando de tamaño con el tiempo,
que no fue así de golpe. Me gustaba mucho y yo a
ella parece ser que también, pero nada más.
- El
año pasado cumpliste tus 35 años en el mundo
del canto...
- Cantando,
siempre. Desde el día en que gané el Festival
de Benidorm, porque ése fue para mí el principio.
Ahora que la gente lee el libro, dice: "No, empezó
mucho antes". Claro, si yo cantaba a los 4 años
ya, y a los 9 años ya me dieron el premio a la mejor
voz de Europa, en Salzburgo, en Austria. Lo que pasa es
que para mí todo eso era muy divertido, un juego:
yo fui a Salzburgo como el que va a la esquina.
- ¿Cómo
acabaste en Salzburgo?
- Yo
entré en una escolanía a los 4 años,
porque hacía falta una voz como la mía y una
manera de hacer como la mía. Mi hermano es el que
me recomendó, porque él cantaba en ese coro.
Cuando oyó que necesitaban una persona con determinadas
características, dijo: "Yo tengo un hermano
que está todo el día cantando y bailando,
pero, claro, muy chico, tiene 4 años". Dicen:
"No importa, tráelo". Llegué y me
quedé de capitán general y me quedé
hasta que ya me fui a los 10 años de allá
y se rompió todo. Porque yo era, digamos, el centro
de todo eso. Pues yo a los 4 años, ya mandaba, ya
estaba en plan muy estrella. Me hace mucha gracia recordarlo,
porque me acuerdo perfectamente de todo, hasta de diálogos.
- Pasaron
los años y cumpliste muchos años cantando.
Este año salió tu disco número 76.
¿Necesitas, para vivir, grabar con una periodicidad
determinada?
- Yo
no planeo, normalmente, pero ahora grabo una vez al año,
una vez cada año y medio, porque considero que hacer
demasiado es atosigar a la gente. El año 1998 no
he querido sacar ningún disco porque está
mi libro. Y no pueden estar libro y disco y película
y televisión, todo a la vez, y mis conciertos, que
es lo importante para mí. He esperado a 1999 para
mi siguiente disco.
Yo
no me oigo
- A
lo largo de esta carrera impresionante que has tenido, ¿qué
cosas han cambiado y qué cosas se han mantenido como
permanentes?
- Mantenido
como permanentes, siempre las dos cosas más importantes
que yo pueda tener. Una es mi voz.
-¿Tu
voz no sufrió modificaciones en todo este tiempo?
- No
demasiadas. Si quieres, es más grande que antes.
Antes yo tenía una voz demasiado aguda y muy finita,
y ahora es muy ancha y con los mismos agudos, pero es muy
grande. Yo antes no me atrevía a cantar en un teatro
sin micrófono, ahora sí es lo normal. Lo que
es la particularidad de una voz es el color, el color sigue
ahí. Y la otra cosa que más me importa a mí
es la forma de hacer y de decir las cosas, o sea el sello,
el sello de Raphael, que es lo que más me importa
a mí.
- ¿Tú
te oyes a ti mismo hace 20 años, te reconoces a ti
mismo inmediatamente?
- No,
es que yo no me oigo, ni hace 20 años, ni ahora,
jamás. Ése es uno de los secretos que yo siempre
he guardado más celosamente, porque si yo me oyera
mucho... Yo me oigo cuando estoy grabando y cuando lo oigo
terminado para darle mi aprobación, con la ayuda
del compositor, por supuesto. Si ya lo doy por válido,
ahí se quedó. Ya es muy raro que yo lo oiga
porque yo siempre canto en directo. En alguna televisión
que te obliguen hacer un play-back porque es en exteriores,
pues lo oigo y a mí no me gusta oírme. Si
te oyes muchas veces, los defectos que tienes acaban gustándote.
El modo de evitar eso, es no escucharte. Aquel artista o
aquel cantante que se gusta a sí mismo, que se oye
muchísimo, está ya muerto, porque no tiene
nada nuevo que aportar, se recrea en lo que ha hecho y todo
lo encuentra bien.
- ¿No
eres cantante de una sola canción?
- No,
¡qué va! Además, cada vez que yo canto
mis canciones son diferentes porque las estoy haciendo en
ese momento y dependen de mi estado de ánimo: de
si estoy muy alegre, si estoy triste, si estoy melancólico,
si estoy romántico, si estoy paciente, si estoy muy
alterado.
- ¿Para
qué cantas, por qué cantas?
- Esencialmente,
y que me perdonen, yo canto para mí. Desde el momento
en que yo canto para mí, ya puedo lanzar mi mensaje
al público. Si yo no hiciera las cosas gustándome
ese mensaje, no se lo podría dar al público.
Yo al escenario salgo con nervios, pero no nervioso; o sea,
yo salgo con un ligero pellizco en el estómago que
es el sentido de la responsabilidad, pero salgo tranquilo,
yo soy consciente de lo que tengo que hacer, no puedo estar:
aquí nervios, aquí nervios, porque entonces
no hago nada. Es la forma de conseguir que el público
se ponga de pie, es la forma de transportar, de lanzar mi
persona y mi mensaje, mi personalidad, desde el escenario
al público, que eso es muy difícil conseguir.
Pero cuando se consigue, es a base de trabajarlo mucho y
no gustarte a ti mismo.
La
vanidad
- Pero,
después de tanto éxito, de una carrera tan
importante, tan larga, qué difícil es no gustarte
a ti mismo. Los poetas consagrados se oyen a sí mismos
y se deleitan en sí mismos. Con un cantante pasa
algo igual: si ha tenido tanto éxito y además
se sabe bueno, qué difícil es no gustarse
a sí mismo.
- Pero
hay que tratarlo, por eso yo no me oigo casi nada. Y cuando
yo canto en persona no me estoy oyendo, porque aunque me
esté oyendo no me doy cuenta. Yo estoy haciendo una
cosa para la gente, eso es bueno, yo creo que me salvo por
eso, por tanto trabajar delante del público. Yo considero
que si los escritores se leen mucho acaban gustándoles
todas las cosas que han hecho, y eso no está bien.
A los que le tienen que gustar es al público.
- Tú
eres, además, muy histriónico en el escenario,
eres un espectáculo: tienes vocación de actor.
- Yo
no hago nada por serlo; soy así, lo mío no
se estudia, se nace así. A mí no me verás
nunca ensayar; yo jamás ensayo: nunca. Yo llego a
Madrid, ahora, y al día siguiente -miento: a los
2 días- ya estoy delante del público. O sea,
tengo el tiempo justo para llegar a mi casa, ordenar mis
cosas, dejar las cosas hechas en la oficina, y marcharme
de tour. Yo no ensayo: mis músicos sí ensayan,
yo no. Los músicos ensayan todos los días.
Cuando no me sé una canción muy bien, pongo
la letra delante, por si se me olvida.
- Como
Elton John, que el día del funeral de Diana estaba
leyendo (todos nos enteramos después).
- Cuando
lees, es cuando mejor te salen las cosas, porque estás
diciendo las cosas por primera vez. Yo cuando grabo, grabo
leyendo, y si no es leyendo, lo tengo ahí. Cuando
viene una frase importante, sí le echo una ojeada,
me sale mucho más. Porque me sale por primera vez;
es una expresión nueva, limpia, sin amaneramiento,
sin retorcimiento, por eso es que a mí no me gusta
ensayar, nunca.
- ¿Qué
piensas de los jóvenes, como Luis Miguel, o Alejandro
Sanz, o Ricky Martin?
- Esos
tres que has nombrado me parecen ahora mismo el trío
más valioso que hay. Cada uno en su manera de hacer
las cosas.
- Si
tú estuvieras al comienzo de tu carrera como cantante,
en esta época, ¿te parecerías a alguno
de ellos?
- No,
yo sería Raphael. Eso es lo fácil para mí:
ser Raphael. No podría ser otra cosa, no sabría.
Yo de pronto veo una persona y digo: "Qué bien
lo hace", pero yo no lo haría así. Es
que mi sello es demasiado personal como para andar cambiándolo,
no podría.
- Debe
haber algo que asusta o intimida un poco de la moda, de
las nuevas camadas de cantantes, para alguien que ya tiene
un poquito más de años. ¿Cómo
se recibe a estos nuevos meteoros que de pronto surgen en
el escenario? ¿Se lo ve como diciendo: "¡Oye,
anda más despacio que a mí me costó
más trabajo!"?
- No,
no, no, porque a mí no me costó tanto trabajo,
tampoco. Tienen toda mi admiración y mi simpatía,
y, además, nunca estorban lo que yo hago. Al revés:
aportan cosas, porque al comparar la gente ve que uno es
como es, el otro es como es el otro, y Raphael es Raphael.
Son muchos años con una fuerza tremenda, yo salgo
al escenario a matarme todos los días, y eso la gente
lo sabe ver. Yo una de las conversaciones más buenas
que he tenido con un profesional fue con Alejandro Sanz,
que nos estuvimos todo un viaje de vuelta a Madrid hablando
de lo humano y lo divino: me encanta la ilusión que
tiene, es un chico estupendo, de una gran fuerza.
Tengo
23 años
- ¿Qué
les aconsejarías desde tu posición? Tienes
más años que ellos...
- Lo
único que tengo es más años que ellos,
pero ten en cuenta que yo estoy en edad de aprender. Estoy
en edad de recibir consejos, no de darlos. El gran secreto
mío es que jamás me creo que he llegado nunca
a nada, lo bueno está por venir, siempre. Tengo que
estar siempre alegre, trabajando todo el día, para
que cuando me llegue, me llegue preparado.
- Eres
muy humilde, faceta desconocida.
- No,
yo no soy nada humilde, pero en ese sentido sí. Yo
siempre digo que aquel que crea que ha llegado a un sitio,
es que ya se está despidiendo del sitio.
- ¿No
has llegado todavía?
- No,
ni mucho menos. ¿Tú te imaginas, dentro de
20 años, lo bien que voy a estar? Fenomenal, y cantando.
- ¿Cuántos
años tienes?
- Yo,
23...
- Y
dentro de 20, tendrás 13.
- No,
siempre he tenido 23. Nací con 23 y moriré
con 23.
- ¿Sigues
a Julio Iglesias? ¿Te mantienes en contacto con él?
- Muchísimo,
es un gran trabajador, muy buen cantante, muy buen espectáculo,
es un gran hombre del mundo del show-business.
- De
los últimos 10 o 20 años, ¿con qué
cantante te quedas?
- A
mí me gusta muchísimo la música, y
de todo el mundo. Yo no tengo una persona preferida ahora.
Tenía a Edith Piaf, que para mí era el sumum
de las cosas, pero una vez desaparecida ella, de todas me
gusta algo: el color de la voz de alguno, la forma de trabajar
de otro, la forma de comportarse en la vida de otro, la
forma de llevar el show al escenario de otro. Estoy viendo
televisión, y veo una persona y digo: "Qué
bueno es". Me encanta el folclor, el folclor de todos
los países, porque ésa es la madre de todo.
Yo, por ejemplo, soy andaluz, yo cantando soy andaluz, y
se me nota en las canciones menos andaluzas; por ejemplo,
yo canto "My way" y tengo giros totalmente andaluces. En Yo
soy aquel yo soy andaluz, está el sello de Raphael
cantando.
Ni
marqués, ni nada: Raphael
- ¿Sigues
con planes de hacer televisión?
- Voy
a hacer una gran serie de televisión y también
estoy preparando otra serie que no es musical. Entraré
en el 2000 haciendo televisión. Y después
quiero volver al cine, porque mi sueño es volver
al cine, de una manera más adulta, no a las películas
del chico joven que canta. Ya películas más
en serio. Empecé a apuntar las ideas en una película
mía que se llamaba El golfo. Ahí ya me picó
el gusanito de hacer otras cosas, y como el cine lo tengo
en casa, por mi hijo, pues me voy a lanzar a ello.
- ¿Es
verdad que tu hijo cineasta te ha estado filmando en los
últimos tiempos?
- Sí,
ha estado un año entero filmándome: dos programas
para la televisión, que van a durar 2 horas cada
uno, y ha estado filmando todo lo que ha sido mi 35 aniversario,
en toda América, tanto del Norte como del Sur, como
del Centro. Estuvo en Londres, París, Roma, Rusia,
España por supuesto, y es un trabajo muy bueno que
ha hecho, muy bueno.
- ¿Cómo
se lleva eso de ser marqués?
- No,
yo no.
- Natalia
- No,
yo soy Raphael, que ya bastante es, ¿no?
- Pero
te recuerdan que eres marqués por todos lados.
- No,
me dicen maestro, pero a mí eso no me gusta porque
parece que están hablando de Pedro Vargas. Yo admiro
mucho a Pedro Vargas, a Don Pedro, y hasta ser Pedro Vargas
me falta la tira de años.
- ¿Por
qué estás hoy tan humilde?
- Que
no, que yo no soy humilde; al revés, lo que pasa
es que lo que me estás diciendo, no. Yo soy Raphael.
- La
política, Raphael, estás...
- ¿Con
leche o sin leche?
- Con
muy mala leche.
- Pues
la película de la política, o la política
de la película, es una película que, depende
de en qué cine la veas, te gusta más o menos,
¿no? Es muy rara, es muy aburrida, yo encuentro que
es muy aburrida. Aunque los que ejercen la política
la deben encontrar muy divertida.
- Te
consideran de derecha, por lo menos.
- No,
yo soy un hombre bastante ecuánime, bastante justo,
un hombre totalmente de centro, nacido de una familia tremendamente
humilde que he conseguido ser lo que soy a base de trabajo.
Yo soy de esos clásicos españolitos hechos
a sí mismos.
- Self-made
man, pero español.
- Algo
así. Yo soy una persona que respeto las ideas de
todo el mundo. Aquello que va bien en un país, es
lo que tiene que tener el país, del color que sea.
Yo no soy en eso radical, lo que pasa que yo soy un hombre
muy de centro.
- ¿No
quieres ser presidente, Raphael?
-
No, es que no sabría, es muy complicado, yo prefiero
ser Raphael, cantando. Para presidente, ya tenemos a Aznar.
-
¿Qué te parece Aznar?
-
A mí me parece muy bien y a muchos españoles,
también.
-
Raphael, ¿y mañana qué?
- El
mañana, que es una cosa muy dura, he tratado de explicarlo
lo mejor posible en mi libro. |