Natalia FIGUEROA
24/06/2002
LA RAZON DIGITAL
Raphael es un animal del escenario, amigo inseparable que le acompaña desde hace cuarenta años de profesión, los mismos que celebra desde pasado mañana en el teatro Albéniz. Y a pesar de tanta vida, él dice que «aún me queda mucho por aprender». « Desde hace bastantes años hago pocas concesiones a la galería » « Llego horas antes al escenario. Respiro ese olor... Es como una droga » «Soy muy ambicioso, ahora más que antes»
Raphael Cantante
Nací en Andalucía y a medida que ha ido pasando el tiempo he ido dándome cuenta de lo importante que es para mí ser andaluz, de lo dentro que lo llevo y de lo orgulloso que me siento. Soy Tauro, muy apegado a la tierra, trabajador nato, con muchas fantasías en la cabeza que procuro siempre realizar. Bastante terco... Toda mi infancia transcurrió en el barrio de Cuatro Caminos de Madrid. Mis recuerdos empiezan ya con el canto. Estudié en un colegio gratuito de frailes capuchinos y formé parte del coro desde muy niño, dirigido por mi querido padre Esteban de Cegoñal, que acaba de morir. Como estudiante fui francamente malo. Me echaban a cada momento y volvían a «rescatarme»... porque era imprescindible para la escolanía. Desde entonces empecé a «chulear» a las personas a través de mi voz. ¿Era mi arma! Cuando tenía 9 años fuimos a Salzburgo, en Austria (mi primer viaje fuera de España) para participar en un concurso internacional de coros. Quedamos en tercer lugar pero yo me llevé el premio a la mejor voz solista de Europa. El pergamino, muy simple, decía: «A Rafael Martos Sánchez». Después, otra vez Madrid, el colegio, la escolanía, Jesús de Medinaceli... Y ante la situación precaria de mi familia decidí ponerme a trabajar. No tendría más de diez años. Mis padres jamás me forzaron a trabajar de niño, que quede esto muy claro. Lo hice porque me dio la gana. Dejé los estudios, que no me importaban en absoluto, y fui aprendiz de todo y maestro de nada. Escuchaba muchísimo la radio. Empecé a presentarme a todos los concursos de aficionados. Ganaba siempre. Ganaba 100 pesetas y un bote de Cola-Cao... Me cambiaba de nombre a cada momento porque, al verme aparecer, me decían: «¿Otra vez? ¿Hombre, que ya te lo llevaste el domingo pasado...!» Mis padres nunca se opusieron a mi afición a cantar. Digamos que no recibí de ellos ni ayuda ni oposición. Desde aquellos años hasta hoy he aprendido mucho, pero afortunadamente aún me queda mucho por aprender. En mi profesión no se acaba de aprender nunca.
Mañana
Hay una palabra clave en su vida: MAÑANA. Una constante música de fondo, casi una obsesión. Su libro de memorias se llama «¿Y mañana qué?»
¬¿Y pasado mañana?
¬Pasado mañana, 26 de junio, estreno una serie de conciertos en el teatro Lope de Vega de Madrid, como celebración de mis 40 años profesionales. Voy a intentar echar todas las campanas al vuelo porque el público que me ha apoyado durante tantos años lo merece. El espectáculo se llama «Antología» y he ideado una puesta en escena bastante buena, bastante fuerte, que espero sea efectista. Quiero que esta conmemoración sea importante y que el público valore mi esfuerzo. Yo llamo echar las campanas al vuelo a hacer las cosas lo mejor posible, con honestidad, a dar la cara como hay que darla. Que quede un recuerdo bonito de mis 40 años profesionales, ¿que pretendo, naturalmente, que sean muchos más...!
¬Podríamos dividir estos 40 años en tres partes: ayer, hoy y mañana.
¬Complicado, porque todo está unido por lo mismo, todo es lo mismo. Ayer, hoy y mañana ha sido, es y será para mí cumplir siempre con mi trabajo lo mejor que sé, llevar mi sueño adelante, ser feliz con lo que hago y así podérselo traspasar al público que me ve. Creo que he conservado intactos el ímpetu, la ilusión y las ganas. Mañana espero seguir siendo igual, hasta el día en que me dé cuenta de que no puedo continuar porque me falta la ilusión... Mi carrera arrancó hace más de 40 años, pero he puesto la fecha del Festival de Benidorm. Yo tenía todo perfectamente trazado en mi cabeza, que es lo importante: tener las cosas muy claras. Después de aquella maravillosa noche de Benidorm, en el verano de l962, ha habido infinidad de noches maravillosas... Mi primera presentación en el teatro de la Zarzuela de Madrid, por ejemplo. Fue un hito en mi carrera. Y también la primera vez del Madison Square Garden de Nueva York, del Palladium de Londres, del Olimpia de Paris... Y Japón, y Australia, y Rusia... Ahora me llaman la atención otras cosas que todavía no he hecho y que espero hacer. Volveré con «Jeckyll y Hyde» a Barcelona, en septiembre, seis semanas. Tengo ganas de hacerlo otra vez. Creo que «Jec-kyll» es lo más importante que he hecho en teatro. Fue un reto muy grande, un paso gigantesco en mi carrera. Estoy feliz de haberlo dado. Y hay proyectos para hacer, mañana, otros musicales...
¬¿La ambición es más o menos grande hoy que ayer?
¬He sido muy ambicioso y lo soy ahora más que antes. Un ambicioso de que las cosas salgan muy bien. Un perfeccionista. Cada día más exigente conmigo mismo. Me importa mucho más el prestigio, el respeto y la consideración de la gente que el dinero que pueda ganar.
¬¿Qué es la suerte?
¬La suerte es muy relativa. Hay que salir a buscarla, matarse por encontrarla. Hay quien no sabe ver el carro de la suerte cuando pasa... O quien lo ve tarde y echa a correr y ya no puede alcanzarlo... Yo me subí en cuanto pasó por mi puerta, y ya no me bajaron ni a pedradas. El carro, cuando se agarra, no se abandona hasta la muerte. ¿Cómo se logra eso? Pues aprendiendo siempre, no durmiéndose en los laureles, avanzando, tratando de hacer las cosas mejor que nadie, estando en un primer plano en tu trabajo, luchando...
Darlo todo
¬¿El haber permanecido tantos años es el resultado de qué?
¬De salir a darlo todo, todos los días, en cualquier escenario: lo mismo en la Ópera de Sidney que en el teatro de Vitigudino, en el Carnegie Hall de Nueva York que en el lugar más escondido de la geografía... Yo salgo, cada noche, a matarme. No sé hacerlo de otra forma. Ya es difícil, hoy, sacar a la gente de su casa... Existe la televisión, el vídeo, hay inseguridad en la calle... Pretendo al menos que no se arrepientan de haber ido a verme, que salgan diciendo: «Mereció la pena». Y que tengan ganas de volver. Estoy profundamente enamorado de mi profesión, y se me nota mucho... Hay quien se ríe porque llego al teatro cuatro y cinco horas antes de empezar el concierto. No lo entienden. ¿Y a mí es que me entusiasma...! Me instalo en el camerino, voy al escenario, coloco una silla y me siento ahí, mirando el teatro vacío y oscuro... Camino por el escenario, vuelvo a sentarme... Respiro el teatro. Ese olor... Es como una droga. Desconecto completamente de todo lo demás. Estoy en otro mundo. Una sensación que jamás sabré explicar con palabras porque no existen las palabras que puedan explicarlo.
¬¿Por qué ese rechazo a la palabra «cantante»?
¬Porque pretendo ser un artista. Y cuando pasen unos años más y haya aprendido más cosas, entonces a lo mejor podré ser un artista escrito en letras mayúsculas. ¿A mí lo que me hubiera gustado es ser Marcel Marceau pero encima cantando...!
¬¿Más o menos concesiones a la galería ahora que antes?
¬Yo creo que, desde hace bastantes años, hago pocas concesiones a la galería. Vamos, por lo menos no soy consciente de que las hago... A veces se hacen sin querer, a veces no se hacen y el público cree que las estás haciendo...
¬«Hoy es el primer día del resto de mi vida», dice la canción de Alberto Cortez. ¿Cómo va a llenarse ese resto de vida?
¬Pues... Nunca dejando completamente mi profesión, no podría. No lo concibo. Pero sí procurando no pegarme las palizas que me he pegado durante cuarenta años. Haciéndolo todo un poco más tranquilamente. El ideal sería trabajar la mitad del año y la otra mitad dedicarla a los míos, a mi gente: mi familia en una mano y mi profesión en la otra. Me entusiasma estar con mis hijos, charlar, discutir, viajar juntos, reírnos juntos... Nos reímos mucho y eso es importantísimo. Mis hijos van ya formando su propia familia, que considero la mía y que me encanta. Es un verdadero premio el que todos nos llevemos tan bien. Me gustaría, mañana, tener más tiempo para ellos y para los hijos de mis hijos, para esa «nueva gente» que irá llegando... Y, como he dicho tantas veces, me gustaría tener mi propio teatro. Creo que es lo lógico. Dedicarme, mañana, a programar, a producir, a dirigir, a organizar... Quisiera seguir rodeado del mismo respeto con el que me están tratando desde hace tantos años, que los míos sean felices, llevar mi trabajo con la mayor dignidad posible hasta que Dios disponga, y con mucha ilusión. Y, como dijo alguien cuyo nombre no recuerdo, qué preciosa frase: «Que no le pongan puertas a mi campo».
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