Miriam
Fletcher
22/10/1977
Creo
que a todos nos ha sucedido alguna vez: conocemos a una persona
y, sin saber por qué, sentimos brotar en nosotros una instintiva
antipatía hacia ella. Es como un rechazo hormonal. Nos volvemos
huraños, fríos, recelosos. Bajamos las barreras comunicacionales.
Somos hostiles a todo lo que esa persona haga y buscamos cualquier
detalle insignificante para criticarla con excesiva dureza.
Los seres humanos somos así, irracionales en nuestros amores
y en nuestros odios. Hasta que llega un día en el cual descubrimos
como es realmente ese enemigo gratuito, al que hemos declarado
una absurda guerra. ¡Y cambiamos de parecer!...
No me gustaba RAPHAEL, lo confieso honestamente. Tal vez influían
en mi comentarios adversos de terceras personas, respecto
a su condición humana, o era esa idolatría desmedida de las
multitudes que siempre me produce honda desconfianza. Para
mí era un cantante comercial y nada más. Lo consideraba un
producto de consumo masivo, fabricado a través de hábiles
trompetas publicitarias y mecanismos empresariales poderosos.
De modo que cuando venía a Venezuela trataba de minimizar
su presencia, ignorándolo. No iba a sus shows personales y
lo enjuiciaba acremente por sus presentaciones televisadas,
que muy bien sé no dan la imagen exacta de nadie. Hoy, sin
prejuicios iniciales debo declarar públicamente que RAPHAEL
me gusta. Muchísimo.
Sin duda RAPHAEL es comercial. Pero no es allí donde reside
su verdadero valor. Nadie que no tenga un alma grande, un
espíritu abierto y una auténtica vocación artística puede
transmitir de forma tan directa e impactante el mensaje de
canciones con contenido. Esa de las dos mujeres que están
pariendo al mismo tiempo un hijo en situaciones tan diferentes,
por ejemplo. O esa otra de la madre que grita que con su carne
por el hombre que tanto necesita. No creo que ninguno pueda
permanecer indiferente ante un testimonio real de circunstancias
reales. Lograr esto, es la razón de ser de un artista total,
muy por encima de cualquier anhelo de estrellato. Eso es lo
único importante en el cambiante y azaroso mundo del espectáculo.
Llegar a la cima es una tarea árdua, pero mantenerse en ella
es doblemente difícil. Hay que renovarse constantemente, superarse,
perfeccionarse, sublimarse. Si se logra, la batalla decisiva
está ganada. Ya no caben comparaciones con nadie, porque se
implanta un estilo personal que, ni puede ser imitado, ni
surge de imitación alguna. Eso sucede con RAPHAEL. No es mejor
que otro cantante de su misma categoría, ni es peor. Es EL,
simplemente. El en su voz que maneja admirablemente; él en
sus gestos que enfatizan cada palabra que dice la voz; él
en su dominio del público y en su carisma amparado por un
'duende' particular. No hay vuelta de hoja: para la posteridad
quedará su nombre, llenando una época de la canción.
YO NO ME EXPLICO por qué antes no me gustaba Raphael.
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