Ana María Parra Aravena
aparra@nacion.com
Había que estar ahí para creerlo: ya no tiene
la misma voz de años atrás, pero canta igual
que siempre y la gente lo alaba como si el tiempo no hubiera
pasado por su repertorio, ni por su cuerpo, ni por su garganta.
La noche
del martes pasado fue definitivamente la noche de Raphael,
el español, divo de los que aman las baladas de desamor
y el dramatismo a lo mimo. "¡Bravo!", "¡lindo!",
"¡otra, otra!", aplausos a granel y ovaciones
de pie, no una sino dos, tres, cuatro, cinco, seis veces.
Venía
a cantar Raphael, Maldito Raphael, pero de aquel álbum
fueron si acaso un par de temas los entonados, el resto,
las casi dos horas y cuarto que cantó, fue un recorrido
por sus temas de siempre, los que todos querían escuchar...
y ver, porque Raphael es un cantor al que hay que ver.
A partir
del rock
Toda
aquella función de gestos, baile entre pasos flamencos
y ademanes de torero, empezó después de las
8 p. m. Telón abajo, la gente acomodada en las butacas
del teatro Melico Salazar, a medio llenar, no soportaba
un minuto más sin su Raphael, así que empezaron
a aplaudir para que este telón se levantara y comenzara
la tan esperada función.
Tan
solo unos minutos pasaron cuando aquella cortina gigante
se alzó las faldas. Los cinco músicos de la
banda y las tres coristas estaban en escena, sonaba la introducción
de Maldito Duende de la banda de rock medio pesada Héroes
del Silencio, y ...¡salió él! todito
vestido de negro y todito el teatro explotando en aplausos
y gritos. Una reverencia para el público y ¡a
los hechos! he oído que la noche es toda magia y
que un duende me invita a soñar. Casi nadie lo siguió
en este tema, pero las miradas y la actitud de "estoy
viendo a un maestro" no se quitaba del rostro de abuelas
y abuelos, adultos maduros y hasta parejas de jóvenes.
Después
del duende todo fue como la gente lo esperaba: Raphael bailaba,
se metía las manos a los bolsillos del pantalón,
su cara se llenaba de gestos, sus manos se contoneaban cual
si estuviera en un tablao español; sus brazos como
si fuera a hacer el salto del ángel, y fuerza, mucha
fuerza en cada uno de los temas que salían de su
garganta: Escándalo, Provocación, Desde aquel
día, Digan lo que digan, Yo soy aquel, Estar enamorado
y Qué sabe nadie, Alma, corazón y vida, Ansiedad
y Cabaretera.
Y cada
canción era como un pequeño cuadro de café
concert. Él se apoyó en el piano, sacó
un pañuelo blanco y se abanicó con él,
se acercó al micrófono con cara de "¿qué
me estás diciendo?" y empezó a cantar
Siempre estás diciendo que te vas.
Hubo
otro tema en el que Raphael tomó un vaso, se suponía
que era un trago, derramó con furia el líquido
en el escenario y estrelló el delicado recipiente
contra el suelo. Aplausos sobraron.
Momentos
emotivos hubo a granel, desde No puedo arrancarte de mi
hasta Provocación, lapso en que las cabezas de las
parejas se juntaban como queriendo hacerse un solo cerebro,
pero el tema que erizó los vellos fue En carne viva.
Terminó de cantarla, se despojó del micrófono
y a capella situado en el extremo izquierdo del escenario,
cantó: que tengo el corazón en carne viva,
que yo no sé olvidar, como ella olvida y la gente
explotó en aplausos, y aquel impacto lo obligó
a arrodillarse en el escenario para agradecer tanto afecto.
Y parecía que lloraba.
Lo que quiso
Jugó
con el público: le pidió que cantara y cantó,
le pidió que aplaudiera y aplaudió, que se
tomaran de las manos y el público lo hizo. También
habló con la gente: "hay que ver las cosas de
la vida, hay cantantes que tiene cinco, diez, quince, veinte
canciones exitosas, pero lo mio... lo mío no es normal:
una tras otra, tras otra", y la gente lo cubrió
con aplausos y él les entregó Maravilloso
corazón maravilloso.
Bailó
a placer con sus coristas en Yes Sir, I can Boggie, de Bacará,
uno de los temas de Raphael, maldito Raphael; cantó
el Ave María y una que otra balada hasta completar
35 canciones y anunció su despedida.
Cayó
el telón y la gente de pie a grito pelado lo hizo
subir tres veces; tres veces salió a agradecer hasta
que tuvo que cantar dos temas más, entre ellos Yo
sigo siendo aquel. Se marchó mientras su coro cantaba
el Aleluya.
Minutos
después la gente seguía en sus butacas esperando,
soñando, que el telón subiera por cuarta vez.
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