Javier
Lozano
EL MUNDO
Gracias
a la sensibilidad y al sentido de la oportunidad de Antena
3, Raphael celebró ante su público los 35 años que lleva sobre
los escenarios. Se dice pronto, pero todos estos lustros de
trabajo han supuesto que Rafael Martos se encuentre más allá
de cualquier moda o tendencia y se haya instalado en un olimpo
artístico al que no tienen acceso los gustos particulares
de cada cual. Es decir, que hay que ser muy zopenco y que
te guste mucho el bakalao para no reconocer al artista de
Linares como una de las máximas figuras del panorama musical
español.
Pese a
quien le pese, esto es así. Y no sólo por la fama que han
alcanzado sus canciones o por esa puesta en escena tan característica
y personal capaz de arrebatar a las multitudes. Lo que en
él más sobresale es lo que su propia esposa, Natalia Figueroa,
destacó en el homenaje: «Su entrega absoluta, ya sea en el
pueblo más pequeño o en el Carnegie Hall». Y cualquiera que
le haya visto actuar sabe que es cierto.
Rodeado
de amigos, rodeado de recuerdos, Raphael triunfó una noche
más. Se mezcló con el público, sedujo a las cámaras, se emocionó
con algunos pasajes de su pletórica existencia, derrochó besos
y abrazos y regaló con majeza los siempre sorprendentes toboganes
acústicos de su voz. Rocío Jurado, con Enrique de Melchor
a la guitarra, le rubricó su afecto con una portentosa actuación
flamenca, Lina Morgan repitió con él ese tango que hace años
desternillaba al respetable, Rocío Dúrcal -Marieta para los
amigos- se cubrió de añoranzas al recuperar la época en la
que le pagaba el metro y los bocadillos de calamares a 3,50;
Lolita trajo consigo el hálito poderoso de la faraona, Julio
Iglesias proclamó su amistad y admiración hacia su competidor,
Arturo Fernández confesó que conquistaba a las mujeres con
sus melodías, Antonio Canales zapateó los compases de ese
villancico excepcional que es El tamborilero... En definitiva,
un espectáculo superior.
Propensos como somos en este país a denigrar lo nuestro, es
preciso, es necesario, es imprescindible destacar el papel
que Raphael ha representado, representa y representará en
la música y en la interpretación que de España se tiene en
el exterior. Porque, para hacernos una idea, en México, por
ejemplo, se utiliza la expresión raphaelazo para calificar
cualquier acontecimiento excepcional, mientras que en Estados
Unidos los teatros más prestigiosos han abierto siempre sus
puertas a su talento. Raphael forma parte, quizás, de una
especie en extinción; la de aquéllos que alcanzan la categoría
de símbolo por su inventiva y por su originalidad. Y la televisión
fue testigo y cómplice de un homenaje que, como no podía ser
menos, terminó con Yo soy aquél, una lluvia de claveles, una
corbata desabrochada y el particularísimo revuelo de su chaqueta.
Que sea por muchos años.
La gran noche de Raphael se ofreció el martes en Antena 3.
|