FRANCISCO CHACON
MADRID
EL
MUNDO
Martes, 29 de mayo de 2001
El kitsch español personificado vuelve en
plan apoteósico. Raphael se desata más que nunca
y se rinde a los pies de la música dance más decididamente
petarda para poner en solfa a los herederos de Tony Manero.
Sus incondicionales se van a quedar estupefactos cuando se publique
su nuevo disco, Maldito Raphael, el próximo viernes.
Poca gente podía imaginar que el intérprete de
Yo soy aquél o Escándalo se lanzaría a
grabar A quién le importa con Rita Pavone, Sevilla con
Rocío Jurado, Yes, sir, I can boogie con Jeanette o Divina
con Alaska. Además, con el productor de moda: Carlos
Jean.
La
aparentemente surrealista hipótesis se ha hecho realidad.
Y él, tras triunfar con la versión teatral de
Doctor Jeckyll y Míster Hyde, pone otra vez en marcha
todo su arsenal de ademanes.
-A
estas alturas, se define usted como «maldito»...
-Eso
fue idea de Carlos Jean. Y está bien para mí porque
maldito es atrevido, inconformista, golfo, rompedor.
-¿De
dónde surgió la idea de hacer este disco tan insólito?
Yo
ya hice dúos con otros artistas hace muchos años
en diversos escenarios. Con Tony Bennett, con Tom Jones, con
Petula Clark, con Rocío Dúrcal, con Rocío
Jurado, con Alaska. Pero no lo había plasmado en un disco.
Me preocupaba más que compusieran canciones para mí.
Pero todos los temas que aparecen en el disco los he tarareado
infinitas veces. Por otra parte, hay una corriente en las discotecas
de poner canciones de Raphael, así que me ha parecido
muy oportuno acercarme a la cuarta generación, a jóvenes
que van a entender mejor estas canciones mías que las
antiguas.
-¿Esto
es renovarse o morir?
-No
creo que nadie pueda pensar eso. Es mi inquietud. Yo no quiero
vivir del pasado, me niego. Quiero seguir haciendo cosas.
-Su
disco resulta apto para bailar, pero a usted no le gustan las
discotecas.
-Por
primera vez, se va a poder bailar de verdad un disco de Raphael.
No es que a mí no me gusten las discotecas, es que no
voy a ellas. Yo soy un hombre de teatro. Pero me encanta que
los chicos y chicas de ahora bailen conmigo. Es algo que me
seduce mucho.
-Su
regreso parece pensado para hacer la competencia a todas esas
divas «gays» que reinan hoy en día.
-No,
yo no he buscado eso. Simplemente, quiero hacer las cosas bien
o lo menos mal posible y que gusten al público. No soy
tan importante como para provocar nada.
-¿No
teme que su público habitual se quede de piedra con sus
nuevas ocurrencias?
-No.
Ya he visto la reacción de la gente, aunque todavía
no se haya editado el álbum. Vengo de Barcelona y allí
el resultado ha sido fantástico. Yo no tengo un público
privado, es el público. Bueno, sí es verdad que
la gente más mayor preferirá quizá mis
canciones románticas de hace años.
-Después
del «shock» que supone este disco y de haber colocado
tan alto el listón de la sorpresa, ¿qué
más le queda por hacer?
-Este
disco lo he grabado con voces femeninas. Y si gusta, haré
otro con voces masculinas. Espero que con Tom Jones, por ejemplo.
Pienso que, después de Maldito Raphael, puedo hacer cualquier
cosa. Supongo que tendré límites, pero no me los
pongo.
-Cómo
definiría usted el «kitsch»?
-Yo
he convertido el kitsch en raphaeliano. Cuando hago una cosa,
la empapo de mí sin querer. Esa es mi forma de hacer
las cosas. Hay canciones que las escuchas y parece que han sido
compuestas para mí. Fíjese, por ejemplo, El pequeño
tamborilero. O tantas otras. Son canciones que hice mías.
-Usted
que puede dar lecciones a muchos de los que triunfan ahora,
¿qué diría a los jóvenes que están
en la cima del éxito?
-¡Qué
aburrido dar lecciones a nadie! No, no, no. Yo soy aprendiz
de todo y maestro de nada. Al cabo de los años, me sorprendo
a mí mismo: no sé cómo puedo tener tanta
ilusión todavía. Porque, de hecho, fíjese
en qué fregao me he metido.
-¿Vio
el reciente Festival de Eurovisión?
-No
me enteré de cuándo se celebraba. Pero la verdad
es que los festivales ya no son como antes. Recuerdo cuando
el día de Eurovisión se convertía en todo
un acontecimiento, como ahora con el fútbol. Yo acudí
dos veces y lo perdí. Claro que eso no supuso ningún
trauma para mí. |