PILAR
EYRE
Interviu
Hay un ramo de rosas en el camerino y en algún lugar se
oye la voz de Raphael -AAAAAAAAaaaaaaaaAAAAAA- haciendo
una escala.
De
negro. Hoy va de negro también y esta noche, ante cientos
de fans que le gritarán "Que Pemán te está mirando desde
el cielo", Raphael cantará treinta y seis canciones que
caerán de sus labios como ciervos heridos.
Pregunta.- Raphael. Que lo tuyo es demasiado.
Respuesta.- Sí, ¿y qué pasa? -contesta
con chulería el pillete Raphael Martos-. Yo formo parte
del Patrimonio nacional de este país antes llamado España.
La gente ahora tiene coche, nevera, chalet y, además,
Raphael.
P.- Al final te darán un título y todo.
R.- No, ¿para qué? Ser Raphael es mucho
más difícil que ser duque. Y, además, mi mujer es la "nietísima",
es la nieta del conde de Romanones. ¿Qué título hay que
sea superior a ése? Y fíjate, mi mujer, tan maravillosa,
tiene una educación tan exquisita que nunca me ha hecho
notar la diferencia entre su padre, que es marqués, y
el mío, que es ferrallista.
Porque
sí, lectores. Este Raphael de ojos vivos, despiertos,
de colegial aplicado, llenos a veces de vientos nómadas,
que hoy es escuchado por reyes y príncipes, nació hace
treinta y ocho años en el seno de una humildísima familia
de Linares, "aunque al año ya nos vinimos a vivir a Madrid
y aquí fui a un colegio de frailes donde podía estudiar
gratis a cambio de cantar en el coro. Porque, yo era una
maravilla cantando, sin falsas modestias, figúrate que
a los nueve años ya me escogieron en Salzburgo la mejor
voz de Europa".
P.- Te gustaba cantar.
R.- Coño si me gustaba. Me aprendí Ruiseñor
de Luis Mariano antes casi de saber hablar. Y siempre
me ha encantado actuar, disfrazarme, hacer teatro.[...]
Mi infancia fue una maravilla.
P.- ¿A pesar de la pobreza?
Y aquí Raphael, que mueve las manos todo el rato como
enormes signos de interrogación, se aquieta siguiendo
la ruta del alma como quien lee en los latidos del propio
corazón, "a pesar de eso, sí, a pesar de eso. Mira, yo
en este sentido, las he pasado de todos los colores, porque
a los diez años mi padre se puso enfermo y tuve que dejar
el colegio para ponerme a hacer de recadero. Había que
comer y había que llevar dinero a casa. Pero, como al
mismo tiempo iba a educarme la voz a la academia del padre
de Paco Gordillo, éste me buscó una gala con canciones
de Manolo Alejandro y tuve un éxito loco, a pesar de que
sólo tenía catorce años.
P.- Triunfaste.
R.- Sí, triunfé. El carro de la suerte
pasa al menos una vez en la vida al lado de todos y yo
supe aprovecharlo. Sólo sabía cuatro canciones y tenía
que repetirlas toda la tarde, interminablemente, pero
el público estaba tan entusiasmado que ni siquiera se
daban cuenta.
P.- Y llegaste a número uno.
R.- Y no me costó nada, porque a los
cuatro meses de esta gala yo debuté en el Olympia de París.
P.- [...] Raphael, parece que no te gusta airear tus triunfos.
Que pasas un poco de las promociones y estas cosas.
Y aquí Raphael parpadea muchas veces, se encoge de hombros
con desdeñosa elegancia y hace una de esas pausas inolvidables
preñadas de significado como nubes cargadas de lluvia,
"es verdad, es verdad. ¿Tú crees que hay mucha gente que
sepa que los guiones de mis películas las hacía Antonio
Gala y que las dirigía Mario Camus? Es que no lo digo,
no lo digo, todo esto del autobombo, este tipo de promoción
ya no me divierte, ya no me interesa. Todo eso de que
te vengan a esperar cincuenta mil fans al aeropuerto,
todo eso de que te persigan mujeres por la calle, todo
eso lo inventé yo y lo destruí porque ya no me divierte".
P.- ¿Inventaste tú el fenómeno de las fans?
R.- Pero si es muy fácil... Tú pones
cincuenta autobuses en Cibeles y ya verás como te van
a buscar cinco mil personas al aeropuerto armando todo
el alboroto que a ti te da la gana. Pero todos estos montajes
los destruí yo mismo porque me cansaba tanta publicidad,
el agobio de la multitud. Si yo hubiera querido publicidad
me hubiera casado en la Almudena y mi mujer habría acabado
con el moño torcido y yo con el chaquet hecho unos zorros
u no en Venecia, en una iglesita en la que apenas cabríamos
cincuenta personas.
P.- Y, además, Raphael, tu vida privada no tiene morbo.
R.- Ninguno, pero, claro, yo no estoy
dispuesto a separarme para que me saquen en todas las
revistas del corazón.
Natalia,
Natalia Figueroa acaba de irse y volverá dentro de un
rato, pero su presencia flota en la habitación como un
perfume inolvidable. Natalia, ojos azules que te miran
limpiamente, cuerpo a cuerpo, ojos heridos de por vida
por la ternura. La voz de Raphael, que es un látigo invisible
lleno de humor y agudeza fuera del escenario, solo se
llena de viril emoción, apenas un temblor, cuando habla
de Natalia o de sus hijos. "Es que estamos cada día más
enamorados. Mi vida personal había sido muy vacía, solo
pensaba en mi carrera. Y no había salido nunca con ninguna
chica en serio. Hombre, tontear sí, la manita en el cine
y estas cosas. Pero conocí a Natalia en el momento justo.
Ella fue mi primer amor, aunque nunca fuimos novios. Estuvimos
dos años en plan amiguetes, escribiéndole yo postales
del estilo de "Un beso desde Australia". Pero luego estuve
tres meses enfermo aquí en Madrid y ahí sí, ahí nos dimos
cuenta de que estábamos enamorados y que lo mejor que
podríamos hacer era casarnos":
Extractos
de la entrevista publicada en la revista Inteviú
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