SILVIA
GRIJALBA
EL MUNDO
Pasear
con él por la calle es toda una aventura. Un via crucis de paciencia,
relaciones públicas y saber estar, en el que un eternamente
amable y sonriente Raphael tiene que parar un total de cinco
veces en 20 metros: dos para hacerse una foto con varias fans
que confiesan que le siguen desde hace más de 30 años y tres
para firmar autógrafos y oír de boca de una admiradora: «Raphael,
¡hay que ver lo bien que estás!, pero si tienes 55 años, como
yo, y menuda diferencia».
Ahí,
Raphael tuerce el gesto y haciéndose el ofendido (como sólo
él sabe) replica: «¿A quién se refería esa señora con lo de
los 55 años, si todo el mundo sabe que yo tengo 23?».
Entramos
en el bar y se oye un murmullo -«ese es Raphael, ¿no?»-. Así
que parece que Raphael, aunque algunos piensen que con el libro
de memorias que acaba de publicar -¿Y mañana qué?, por Plaza
& Janés- intenta dar un empujón a una carrera en declive, lo
cierto es que es una estrella (en el sentido clásico), capaz
de seguir sorprendiendo a todas las generaciones que se le enfrenten.
En su libro, Raphael explica que cuando fue a examinarse para
tener el carnet de artista, nada más salir al escenario le dijeron
que se podía ir, sin dejarle cantar. El se llevó un gran disgusto,
pero años después Antonio El bailarín (que había sido parte
del jurado) le explicó que les bastó con verle andar sobre las
tablas para saber que él tenía algo.
Los
secretos del arte
«Supongo que con esa facultad se nace», explica Raphael, «yo
no aprendí de nadie ni soy artista de espejo, eso es de muy
mal artista. Mirarse al espejo para componer el gesto es de
mediocres». De todas formas, Raphael confiesa que no tiene muy
claro cuáles son las claves del éxito y que su libro ¿Y mañana
qué? no contiene las pautas del triunfo.
«Es
que yo no estoy ni en edad ni en situación de dar consejos,
estoy en edad de recibirlos». Lo que está claro que funciona
en Raphael es su personalidad única. «Puede haber alguien»,
reconoce, «mejor o peor, pero como Raphael, nadie». Ese «barroquismo
sentimental» y escénico del que Francisco Umbral habló en la
presentación de ¿Y mañana qué? es el que ha conseguido atraer
por igual a las mentes más vanguardistas de diversas generaciones
(Lucía Bosé, Alaska y Corcobado le adoran con auténtica veneración)
y a miembros de la burguesía y la aristocracia más tradicional.
En Raphael se mezclan esos dos mundos y, ni en sus memorias
ni en su conversación elude su relación con la familia Franco
y con otros miembros del gobierno de la dictadura.
«En
el libro», declara, «explico que yo participé en las fiestas
que organizaba Franco en La Granja, unos encuentros donde todos
los músicos se mataban por ir y a las cuales a mí me invitaron
varias y actué encantado. Lo que pasa es que ahora parece que
el único que actuó para Franco fui yo. Cuando me puse a escribir
el libro hablé con varios compañeros que actuaron conmigo allí,
en esa época y, de pronto, tenían amnesia, ninguno había estado».
Otro
episodio de aquella época que queda reflejado sólo a medias
en el libro es el de la primera ocasión en la que Raphael representó
a España en Eurovisión.
La
gran oportunidad coincidió con la etapa en la que estaba haciendo
la mili y (en teoría) no podía salir de España. «Mi manager»,
recuerda, «habló con Fraga (ministro de Información y Turismo)
y consiguió convencerle de que hacía más patria representado
a España en Eurovisión que haciendo la mili, a partir de ahí
se suponía que me daban un pasaporte de cinco días, documento
que nunca llegó a mis manos. Cuando volví, con un recibimiento
de 100.000 personas, en el aeropuerto estaba la Policía Militar
que me llevaba al calabozo porque era un desertor».
La
vida, con sus propias palabras En ¿Y mañana qué? el periodista
Alfonso Gil ha sido el encargado de transcribir lo que Raphael
le contaba, pero el sello inconfundible del cantante (que realizó
la versión definitiva) se nota en todo el libro, con frases
como las que siguen, perfectas para entender su forma de ver
la vida y su personalidad.
Cine: «(...) Sin olvidar, claro que el cine sigue en deuda conmigo.
Y que yo perdono siempre, pero no olvido».
Carácter: «A veces, hasta yo mismo me asombro de mi temeridad».
Agradecimiento: «Qué mal se porta España con quienes más le
dan».
Celos: «No me gustó nada que viniera acompañada [Natalia Figueroa,
cuando aún no eran novios] de Antonio [El bailarín]. Aunque
sabía que salían juntos, me fastidió bastante. Lo cierto es
que soy muy posesivo».
Ava Gardner: «Pocas veces he sentido el desconcierto, incluso
el desasosiego, que sentí junto a Ava Gardner»
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