Raphael. CNN
Desde la ventana de mi Suite

Raphael
EFE
ENE'79

No cabe la menor duda de que el público ha cambiado mucho, muchísimo y ha cambiado para bien. Sobre todo el llamado público popular, que para mí no es otro que el de las grandes masas, las grandes concentraciones.

En los días que he estado en Argentina, he podido darme cuenta de ello. Desde 1.969 yo no había hecho temporada de recitales en lugares grandes del interior de esta nación, durante el verano (verano para ellos), mientras celebraban sus fiestas de Carnaval. Recuerdo perfectamente que en aquellos años, el público se comportaba de una forma menos culta. Había más incidentes ¡desagradables incidentes!. Sin embargo, ahora, el público, aunque se trate de miles de personas que estén incómodas de pie horas y horas, y que hayan bebido y bailado durante largo tiempo, a la hora del recital se comporta de una manera digna de todo elogio; en silencio, con respeto, y al final exterioriza su agrado con grandes aplausos. Me he alegrado de venir, y pienso repetir la experiencia. Hay que reconocerlo: esta juventud argentina vale mucho. Al César lo que es del César.

Aparte de cómo se comportan en los espectáculos (no deja de ser egoísta por mi parte ver sólo el lado que me concierne) también tengo que reconocer que encuentro a la Argentina, a la gente argentina, con una amabilidad y una tranquilidad asombrosa. Da gloria observarlos en las calles, en los restaurantes, y hablar con ellos... Están calmados, encantadores.

No sé quienes me decían que Buenos Aires es como París. ¡No, afortunadamente, no! Puede ser que algunos edificios o avenidas tengan una semejanza, pero la gente... ¡Ni hablar! En París, la gente parece que tiene dolor de estómago constante, y hasta úlcera. Qué barbaridad, qué caras se ven por allí... aquí son todo lo contrario: sonríen por la calle, sonríen los camareros amables, y preguntan por nuestras cosas, sin molestar demasiado, sonríen los empleados del hotel aunque se nos olvide darles una propina, amables, amables, ¡sí señor! Y esto lo he venido observando desde el año pasado. En París la gente no habla; regaña... Eso es, regaña. Son todos como la imagen que en España tenemos de la severa institutriz francesa, esa que pega pellizcos cuando los padres no la ven. Decididamente, me quedo con la gente argentina. ¿Se podrá comparar...?

Esta mañana, como me he despertado bien temprano, me he dedicado a ojear unos álbumes que me han entregado varios de los clubes que llevan mi nombre en Buenos Aires. Me quedo asombrado de las cosas que les da tiempo a hacer en sus ratos libres. La prensa y el público en general piensa que un club de admiradores es solamente un grupo más o menos numeroso de chicas y chicos que se dedican a ir a los aeropuertos a chillar cuando su artista predilecto llega al país o regresa de su tierra de origen; chicas y chicos que acuden a un estreno, a un recital... Muy a menudo he oído hablar de ellos despectivamente, como si se tratara de gente anormal, desquiciada. Y no, señores, no. Al menos los Clubes que llevan mi nombre, y que yo conozco y trato, están formados en su mayoría por gente de lo más sana. Ahora, leyendo estos álbumes, lo compruebo una vez más. Veo los recibos y fotocopias de las cosas que han hecho durante mi ausencia del país, o sea, desde agosto pasado, y me quedo admirado de cómo, con su solo esfuerzo, sin la ayuda de nadie, pueden hacer tantas cosas. Por ejemplo:

14 de octubre: Se entrega al Patronato de la Infancia, una donación de ropa y juguetes.

15 de octubre: Con motivo del Día de la Madre, se distribuyen en el hospital Salaverri y la Maternidad Peralta Ramos, ajuares para bebés recién nacidos.

9 de diciembre: Una comisión de uno de los clubes concurre al Hogar de Ancianos para ofrecer una comida y entregarles paquetes con obsequios, entre ellos algunos televisores.

El día de Reyes, envían juguetes a la provincia de Santiago del Estero.

Otro club, por medio de los correspondientes recibos firmados, me informa que durante el pasado septiembre, en mi nombre, llevó alimentos a la Casa de Cuna y al Hospital de Niños. Y que el material donado se compró exclusivamente con la colaboración de los socios del club.

En el Día de la Madre, hicieron también regalos en varios hospitales, entre ellos el Fiorito y el Finoccieto de Avellaneda.

En los días de mi santo acuden a sanatorios y hospitales, así como a asilos, a llevar (aparte de regalos y ropas) representaciones teatrales que ellos mismos interpretan.

En fin... sería interminable la lista. Me emociona ver los comprobantes de todas estas maravillosas obras de caridad hechas en mi nombre. H
asta ya hay alguna que otra sala de hospital que se ha quedado como "la sala de Raphael". No, decididamente, pertenecer a un club no es tan sólo ir a aclamar al artista a los aeropuertos. Mis clubes, al menos...

Aquí, en Argentina, la prensa ha empezado ya a publicar noticias de algunos de estos actos a los que me acabo de referir, y eso me enorgullece: que se les reconozca. Es un buen aliciente para estos chicos y chicas que dedican su tiempo libre a hacer el bien y no a reunirse en cualquier lado para fumar drogas (por poner un ejemplo).

En estos días mi "suite" se ha llenado de ecos de España a través de la televisión. ¡Qué tremendo despliegue informativo! Vía satélite (en vivo, en directo) desde Madrid y desde cualquier rincón de España, hemos podido ver los preliminares de las elecciones: preguntas a la gente por la calle, reacción de cada hijo de vecino, últimos discursos de los líderes políticos... y así hasta llegar a los resultados que todos conocen ya, mi enhorabuena a la televisión argentina, y mi agradecimiento, pues me ha mantenido informado casi minuto a minuto durante una semana entera.

Carlos Monzón, y un servidor, nos reunimos hoy de nuevo para ir atando cabos sobre la película que haremos cuando yo regrese a esta tierra en octubre, para mi próxima temporada de recitales (que ojala salga tan sensacional como ha sido esta). Carlos me ha llamado por teléfono y me ha dicho:

-Rapha... No olvides traerme tu último LP. ¡Es la segunda vez que te lo pido!

¡Cualquiera no se acuerda! No sea que se enfade... No puedo olvidar que ha sido campeón del mundo. Vamos, que no quiero que se disguste conmigo, por si las moscas...


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